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SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA

EL SANTO DE LA SONRISA

Francisco Possenti nace el primero de marzo de 1838, en el palacio del gobernador de Asís, su padre; y el mismo día es bautizado en la catedral, en la pila bautismal donde siglos antes lo fuera san Francisco de Asís. Se le impusieron los nombres de Francisco, José, Vicente, Rufino.

Su padre don Santos, y su madre doña Inés Frisciotti tuvieron otros trece hijos, Gabriel ocupaba el undécimo lugar. En 1841 don Santos es nombrado gobernador de Poggio y se traslada allí con toda su familia, pero a finales del mismo año, se establecen en la ciudad de Spoleto, donde pronto morirán dos de sus hermanas: Rosa y Adela, también su madre, profundamente afectada por la muerte de sus hijas y víctima de una meningitis fallece el 9 de febrero de 1842, a los 38 años de edad.

Con la muerte de su madre, Francisco y todos sus hermanos quedaron al cuidado de su padre, quien se esmeró cuanto pudo para suplir el calor de la madre y formar con toda delicadeza el corazón de sus hijos, a pesar de que su trabajo le tenía ocupado casi todo el día. Pero al acabar la jornada, ya en casa, reunía a todos en su habitación y, rezadas las oraciones de costumbre, se entretenía inculcando a sus hijos los principios cristianos, dándoles útiles y sabios consejos y toda clase de enseñanzas. Así es como Francisco, que era él mas aventajado de los hermanos, adquirió poco a poco un fondo de sólida virtud desde sus primeros años.     

De aquella época tenemos testimonios que recuerdan, como uno de los rasgos más característicos, la ternura de su corazón para con los desamparados, y una delicadeza especial en su trato con todos. Daba a los pobres cuanto le venía a las manos, incluso su propia comida, y si alguno de los criados lo advertía y le regañaba solía exclamar: “Papá quiere que se les dé limosna a los pobres; no debemos despreciarlos, pues no sabemos lo que algún día será de nosotros”. Fue también desde su niñez enemigo de cualquier injuria o ofensa hecha al prójimo; frecuentemente se le veía acalorado, tomando la defensa de los demás, sobre todo si eran reprendidos o acusados injustamente.

Como todo joven, Francisco también tenía faltas y defectos; su personalidad de adolescente, estaba tenuemente sombreada por ciertas tintas de espíritu mundano, y por una ligera inconstancia en la práctica del bien que le hacía entregarse con fervor al estudio y a la oración y, al poco tiempo, abandonarlo todo. Pero aquella primitiva piedad de Francisco nunca moría por completo; era como la semilla sofocada por las espinas terrenas, que tarde o temprano rebrotaba otra vez en flores y frutos. En las sucesivas fases por las que atravesaba al ir madurando, siempre se transparentaba aquella bondad que anidaba en su corazón. Era también de carácter irascible, pero sus reacciones no duraban más que un fuego fatuo, que se enciende de pronto y al momento se apaga, pues no tardaba nada en postrarse de rodilla, compungido, llorando y pidiendo humildemente perdón.

En el año 1846, el 1 de enero, apadrinado por el Doctor José Pacieri, Francisco recibe el sacramento de la Confirmación en la Iglesia de san Gregorio mártir, de manos del arzobispo de Spoleto, Mons. Juan Sabbioni. Los testimonios no nos dicen nada de su primera comunión, que debió verificarse en privado, durante los disturbios que conmovieron Italia en el año 1848.

Don Santos Possenti comprendió perfectamente que uno de sus deberes principales era darle a sus hijos una educación verdaderamente religiosa y cristiana, por eso había confiado a su querido Francisco al cuidado de los hijos de san Juan Bautista de la Salle, los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Bajo su dirección adquirió, junto con los fundamentos del saber humano, los sólidos e importantísimos principios de la virtud y la santidad cristianas.

En noviembre de 1850, al finalizar sus estudios elementales, es matriculado como alumno externo en el colegio de los Padres Jesuitas; de esta época se conserva un cuaderno de ensayos escolares en verso y prosa, algunos dedicados ya a la Santísima Virgen. Los rápidos progresos que hizo en todas las asignaturas y los premios que obtuvo, nos lo muestran como uno de los alumnos más aventajados.

Su transparencia y franqueza en las relaciones con los profesores y compañeros, su exterior amable y grave a la vez, su conversación amena, sus modales distinguidos, atraían el aprecio y la admiración de cuantos le trataban. Era un joven de delicados sentimientos y profunda interioridad que se fortalecía frecuentando los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía.

Sin embargo manifestaba a veces su inclinación por las vanidades mundanas que le hacían preocuparse en exceso de que sus trajes estuviesen confeccionados a la última moda. Amante de las reuniones y los pasatiempos, aprovechaba todas las ocasiones para frecuentar los salones y sobre todo el teatro, por el que sentía atracción especial.

Entre 1848 y 1855, morirían tres de sus hermanos: Pablo de 27 años, estudiante en la Universidad de Venecia, que se había enrolado en el ejército que defendía la independencia italiana: Lorenzo, de 27 años, valeroso oficial del ejército, y María Luisa, la única hermana que le quedaba en casa, a sus 26 años de edad, a finales del mes de mayo de 1855, mientras Francisco participaba en la procesión de Corpus Christi por las calles de Spoleto. Fue para él un durísimo golpe, y preparó su corazón para el gran cambio que poco a poco se irá produciendo; nunca antes había sentido tanto dolor ante la muerte.

Este dolor fue para él un vivísimo rayo de luz que lo despertó del sueño mundano en que yacía. La pérdida de esta hermana le sumió en una profunda melancolía. Su recuerdo se levantaba vivo y penetrante, rasgando aquel velo de seductora apariencia que, hasta entonces, le había hecho contemplar las cosas mundanas sin ninguna sombra de tristeza pero Dios, que tiene en sus manos las voluntades humanas, y las conduce a sus fines con dulzura y fortaleza, iba llevando a Francisco al cumplimiento de sus designios.

Tras la pérdida de la persona más querida, corta con todo y decide cambiar el rumbo de su vida. Sin embargo no es la primera vez que piensa en ello; se conserva una carta fechada del 17 de mayo de 1855, en la que el P. Tedeschini, jesuita, que además de profesor fue su director espiritual, le aconseja sobre su posible vocación a la vida religiosa. Hacia finales de agosto de ese año habla de este proyecto; don Santos Possenti, muy preocupado, le sugiere que no debe dejar sus estudios sin terminar, y que, en cuestión tan importante, es necesario un tiempo prudencial antes de decidirse. Ante la insistencia de su hijo, le pide que espere al menos un año, y si después persiste en su propósito, promete que no se opondrá a su decisión. En los primeros momentos, parece que había pensado en los jesuitas, pero cambió de parecer, inclinándose por los pasionistas.

El viernes 22 de agosto, octava de la asunción de María a los cielos, Francisco participa en la solemne procesión en que el icono de la Santísima Virgen, venerado en la catedral, recorre las calles de Spoleto. Cuando la imagen pasa por delante de él, tiene la impresión, muy viva, de que la Virgen le mira fijamente a los ojos, y oye una voz interior: “Francisco” ¿No te das cuenta de que esta vida no es para ti?; sigue tu vocación. ¿Qué esperas?”. Desde ese momento se siente completamente transformado. Aunque nadie sabía ni podía sospechar lo que pasaba en el alma de Francisco, pues en su exterior se observaba la misma elegancia en el vestir, los mismos modales distinguidos y la misma alegría, otro muy distinto era el Francisco que se ocultaba ahora en su interior. Más tarde se supo cómo, bajo sus cuidados trajes, se ceñía con un áspero cilicio, y como sin que nadie lo observase, abandonaba discretamente el lugar que ocupaba en el teatro o las reuniones, y, sin más compañía que la de su ángel de la guarda, se dirigía a la iglesia catedral, para entregarse a la oración en la soledad y el silencio. Y si por lo avanzado de la noche la encontraba cerrada, se arrodillaba en el pórtico, elevando su corazón hacia la Madre de Dios, hasta que salía la gente del teatro.

En efecto, aquella mirada penetrante y aquella voz, fuerte y suave de la Santísima Virgen María, que el sintiera en su interior, habían abierto en el corazón de Francisco un surco tan hondo, que no pudo olvidarlas jamás. Estaba persuadido de que ella, su amadísima Madre, no sólo le garantizaba la verdad de su vocación, sino que también le prometía la ayuda necesaria para corresponder fielmente a ella. Le sobraba, por tanto razón, cuando, para poner la grandeza de su beneficio recibido de María, decía en una carta a su padre con profunda humildad. “en qué abismo me hubiera despeñado, si María compasiva con quienes la invocan, no me hubiera extendido amorosamente su mano en la octava de la Asunción.”

Así fue como, convertida prodigiosamente toda duda en claridad. Y toda vacilación en firmeza, su decisión se hace más firme y su opción por los pasionistas es definitiva. Desea pedir la admisión cuanto antes, y así se lo confía al P. Bompiani, jesuita, quien, convencido de la autenticidad de la llamada, le asesora para preparar los expedientes necesarios y solicitar el ingreso. “Un domingo de agosto del año 1856 - cuenta el P. Bompiani - Francisco me manifestó su deseo de hablar conmigo en privado. Lo llevé a mi clase, y allí, a solas, me declaró con franqueza su decisión de hacerse religioso pasionista, Examiné detenidamente el caso bajo todos los aspectos, dada su novedad y también el carácter del joven. Tras madura investigación, descubrí en él pruebas tan evidentes de verdadera vocación, que le aconsejé se lo hiciese saber a su padre para preparar todos los documentos necesarios.

QUIERO SER PASIONISTA

En los primeros días de septiembre, una tarde, después de la cena, Francisco se aproxima a su padre y le susurra que tiene que decirle algo a solas. Con gran valor le recuerda a don Santos cómo ya ha expirado el plazo de un año que le había dado para probar su vocación, y le explica que, después de serias y largas reflexiones, se siente decidido a hacerse pasionista.

La sorpresa de su padre es grande, sobre todo porque esperaba que al menos, hubiese escogido la Compañía de Jesús; por eso comenzó a recordarle la simpatía que sentía hacia ellos y, en cambio, las grandes austeridades de la vida pasionista, que le harían imposible perseverar, dada su delicada estructura, junto con muchas dificultades. Pero Francisco respondía: “si Dios me quiere pasionista, me dará la luz de ser fiel a su llamada”. Finalmente su padre, sabiendo como buen cristiano que no podía oponerse a la voluntad de Dios, con el corazón desgarrado, abrazó a su hijo y le aseguró que aceptaría el sacrificio que le pedía.

Cuando se preparaba para ingresar, envía los certificados al Provincial de los Pasionistas, P. Simón de san José, al retiro de Recanati. El 5 participa en el acto académico de la Congregación Mariana; es una velada que se celebra en la iglesia de la Concepción, en honor de Nuestra Señora de la Cuesta, y él es el encargado de la presentación del programa. Lo hace recitando una bellísima poesía. Al terminar se despide de sus compañeros para emprender un viaje al día siguiente, pero sin especificar cuál será realmente su destino. También, en casa, se despide de sus hermanos y de su padre. El día 6 muy temprano, mientras la cuidad duerme todavía, sale de Spoleto en compañía de su hermano Luís. Pronto correrá la noticia de boca en boca: Francisco Possenti se ha ido al noviciado de los Pasionistas.

En el viaje estaba previsto el paso por Loreto, donde deseaban visitar la Basílica y la casa de la Virgen, pero al llegar a últimas horas de la tarde, hallaron las puertas cerradas. Francisco entonces se arrodilla bajo la ventana de la santa casa y permanece largo rato en oración, sin preocuparse de la lluvia que caía, calándole hasta los huesos.

Pasan la noche en un albergue cercano, y a la mañana siguiente vuelven a la Basílica, donde le P. Luís celebra la santa Misa, y Francisco recibe con gran fervor la santa comunión después de haber hecho una confesión general de toda su vida. Quería así depositar a los pies maternales de María su pasado, y emprender el nuevo camino bajo su protección. Antes de dejar Loreto, visitan el colegio de los PP. Jesuitas y a un tío suyo, el canónigo Acquotta, a quien don Santos había puesto al corriente de todo. Su tío, conocedor de la rigurosa observancia y de las austeridades de la vida pasionista, intenta convencer a Francisco para que reflexione de nuevo y desista de su propósito, pero él, después de escucharle, se reafirma en su decisión.

Otra de las paradas es en la vieja Civitanova. Era la ciudad natal de su madre y, como es natural, se detuvieron para saludar a la familia. Por fin, el día 9 llegan a Morrovalle, donde comen con los capuchinos. Otro tío suyo, el P. Bautista Frisciotti, superior de la comunidad, intenta disuadirle, pero se convence que es inútil y finalmente se encaminan al convento de los pasionistas.

INGRESO EN EL NOVICIADO

Después del primer saludo, Francisco entra en el noviciado acompañado del Vicemaestro, P. Norberto.

Con su ingreso eran en total trece los jóvenes del retiro pasionista de Morrovalle. Entre sus compañeros estaba el que luego sería beato Bernardo María de Jesús Silvestrelli.

Voluntariamente renuncia Francisco a disfrutar de un breve tiempo de prueba que se suele conceder a los aspirantes; al día siguiente se une al grupo de los postulantes que comienza una tanda de Ejercicios Espirituales como preparación a la toma de hábito. Admitido a la vestición, recibe el hábito pasionista el domingo, 21 de septiembre de 1856, de las manos del Maestro de novicios, P. Rafael Ricci, en una emotiva celebración, en la que es revestido de negro, ceñido con el cinturón de cuero, calzado con las austeras sandalias y cubierto con el manteo, mientras se le exhorta a llevar este hábito de penitencia y de luto como perpetuo recuerdo de la Santísima Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Para expresar que inicia una etapa absolutamente nueva de su vida, tenía 18 años, cambia su nombre por el de Gabriel de la Virgen Dolorosa. Así se le conocerá en adelante.

Nunca se acobardó ante los sacrificios y renuncias exigidas, y, a pesar de los grandes esfuerzos iniciales para amoldarse en todo al nuevo ambiente que le rodeaba, su carácter se mantuvo siempre jovial y abierto; su voluntad generosa y constante.

PROFESIÓN RELIGIOSA

Cumplido el año de noviciado, el 22 de septiembre de 1857, hace su profesión religiosa junto con otros dos compañeros. Algunos días después de la profesión de los cuatro votos: pobreza, castidad, obediencia, y hacer continua memoria de la Santísima Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, escribe a su querido padre: “con indecible júbilo de mi alma. Todos mis deseos han sido apagados, consagrándome a Dios sin reserva mediante la profesión religiosa. Es ésta, querido padre, una gracia tan grande, que jamás podré apreciar como se merece, y ya que he recibido de Dios un favor tan insigne, es necesario que corresponda fielmente a tanta bondad. Necesito para ello sus oraciones. ¡Que la santísima Virgen me bendiga con abundantes gracias celestiales!”.

Pronto reanuda los estudios, y comienza su dirección espiritual con el P. Norberto Casinelli, nombrado director y profesor de los estudiantes. Él será el responsable de la formación espiritual e intelectual de Gabriel hasta su muerte.

Unas semanas más tarde, el 20 de junio de 1858, los estudiantes de Morrovalle, entre ellos Gabriel, con el P. Norberto, se dirigen a Pievetorina, en el territorio de las Marcas, para concluir los estudios de Filosofía y comenzar los de Teología. Aquí se resentirá de los efectos del clima húmedo, y en una visita que le hace su hermano Miguel, estudiante de medicina en Roma, le hallará visiblemente desmejorado, pero feliz, y entusiasmado en su vida de oración, estudio, soledad y silencio. En el año 1859 pasó al retiro de Isola del Gran Sasso Durante dos años y medio, continuarán aquí sus estudios de teología, preparándose para el sacerdocio.

EN ISOLA DEL GRAN SASSO

El clima en Isola era mejor que el de Pievetorina, y el lugar muy agradable; Gabriel escribe a su padre: la abundancia de árboles frutales me confirma que es un clima benigno, y gracias a Dios estoy contento. El aire es excelente y los pequeños dolores de cabeza que con frecuencia tenía en Pievetorina son más raros; casi han desparecido”.

En mayo de 1861 se dirigió de Isola a Penne, para recibir, el 25 del mismo mes, en la catedral y de manos de Mons. Vicente D’ Alfonso, la tonsura y las cuatro órdenes menores. A consecuencia de este viaje, empedrado de grandes dificultades, su salud se resintió palpablemente y se agravó de manera alarmante la enfermedad que le venía minando silenciosamente. Si las circunstancias políticas no lo hubieran dificultado, los Superiores habrían procurado que fuese ordenado sacerdote sin tardar, pero Dios tenía otros planes para Gabriel. En la última carta a su padre decía: “a estas horas debía estar ordenado sacerdote, pero debo contentarme con las órdenes menores. Así lo dispone Dios, así lo quiero yo también.”

LA ENFERMEDAD

La tuberculosis latente, iba minando poco a poco su salud, y en la primavera de 1861, el P. Norberto debió observar algún síntoma en Gabriel, pues según informaba por carta a don Santos, le dispensó de las observancias más pesadas, prohibiéndole, sobre todo, levantarse a Maitines, a media noche. Además le cambió de celda, cediéndole la suya, que estaba mejor orientada y era más soleada. También los demás religiosos se alarmaron por su gradual desmejoramiento, y se prodigaron con él atenciones fraternales, orando para que Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, devolviese la salud a su queridísimo cohermano.

            La enfermedad seguía su curso sin que se trasluciera al exterior peligro alguno. Sin embargo ya el mismo año, 1861, tuvo una fuerte hemoptisis (vómito de sangre), que gracias a la pronta intervención de los médicos, no tuvo consecuencias inmediatas. En la Nochebuena de aquel año no se le permitió bajar a la capilla para los Oficios Solemnes, y tuvo que contentarse con permanecer en la tribuna del coro. El 30 de diciembre envió a su predilecto hermano Miguel una larga carta, el último escrito suyo que conservamos, en la que después de recomendarle que se mantenga siempre fiel a Dios, comienza a hablarle de la Santísima Virgen con particular énfasis.

EN LA CRUZ CON CRISTO

            La vida de los estudiantes pasionistas es vida de retiro, de oración, soledad, silencio y esfuerzo continuado en el seguimiento de Cristo Jesús. Bajo la maternal mirada de María, se desarrollaba así la vida de Gabriel; en los seis años que vivió, como novicio y profeso, ciertamente no tuvo ocasión de hacer cosas grandes; la uniformidad de sus quehaceres, la repetición diaria de las mismas tareas, la suma diligencia con que toda aquella intensa vida espiritual se ocultaba en su interior, hacen que su existencia aparezca a una mirada superficial, como ordinaria y sin ningún relieve. Con frecuencia repetía las palabras de san Gregorio Magno: Dios no mira si se hace mucho o poco en su santo servicio, sino solamente el afecto del corazón con el que obramos.”

            La salud de Gabriel parecía haberse normalizado, sin embargo Dios tenía proyectos sobre esta alma predilecta, y pasados unos meses comenzó a sentirse mal otra vez. Al principio trato de mantenerlo oculto, para no verse dispensado de la observancia de la Regla, pero el mal avanzaba rápidamente y los médicos diagnosticaron una grave tuberculosis pulmonar. La fiebre lentamente consumía sus fuerzas. El P. Norberto, su director espiritual, le aconsejó que pidiese a Dios y a la Santísima Virgen de los Dolores su curación, y cuál no sería la sorpresa al oír que el mismo enfermo le respondía: “Padre, déjeme pedir al Señor y a la Santísima Virgen, no la salud, sino una santa muerte, porque los peligros de ofender a Dios son muchos.” Con esto le daba a entender que tenía el presentimiento de que pronto moriría.

            Hasta la mitad de febrero de 1862, por la mañana, pudo Gabriel bajar por su propio pie a comulgar, en compañía de sus hermanos pasionistas, pero el domingo 16 de febrero de 1862, fue la última vez que comulgó en la capilla del retiro, acercándose al altar con gran esfuerzo; luego se sintió tan exhausto que, cediendo a las insistencias de sus cohermanos, tuvo que acostarse para no levantarse más.

            Después de la terrible hemoptisis, la enfermedad se calmó un poco, pero la fiebre y los continuos dolores le seguían consumiendo; sin embargo había madurado a la sombra de la cruz, y unido a los dolores de la Santísima Virgen conocía el alto valor del sufrimiento, de tal modo que los que le asistían nunca sorprendieron en su rostro un gesto de desesperación o de impaciencia.

            Viéndose de cara a la muerte, pidió que se le aplicaran las absoluciones generales que le correspondían por las cofradías a las que pertenecía, y las bendiciones e indulgencias propias de la Congregación Pasionista.

            Así llegó el 27 de febrero su último día y entregaría su vida en absoluta confianza en su Santísima Madre la Virgen Dolorosa. Su madre amada.

LA MUERTE

            Los religiosos se hallaban en el coro cantando las divinas alabanzas de la mañana, y mientas tanto, en su habitación el enfermo, Gabriel entreabriendo un poco los ojos y con voz débil, dijo al P. Norberto.

-“Padre, ¿me podrá dar ahora la santa absolución?

-“no hijo mío – respondió el Padre – todavía hay tiempo, esté tranquilo; yo cuidaré de dársela oportunamente”.

Gabriel calló, pero poco después volvió a insistir:

-“Padre, ya he hecho el acto de contrición; deme la santa absolución”.

Esta vez sí efectivamente, se le impartió la absolución tan deseada.

El desenlace se acercaba. Recibida la absolución pidió una estampa de la Dolorosa, que tantas veces había besado en el curso de la enfermedad, pero como no pudieron hallarla, le dieron la doble imagen del Crucificado y la Dolorosa que solía tener en el coro mientras salmodiaba. Tomándola con alegría, la besó, se desabotonó el pecho y metiéndola dentro de la camisa, la estrechó amorosamente con ambas manos sobre su corazón, mientras haciendo un esfuerzo decía: “¡Oh María, madre mía, apresúrate”! El P. Norberto emocionado animaba al moribundo, y el santo repetía sin cesar: “María, madre de gracia y de misericordia, defiéndenos del enemigo y ampáranos en la hora de nuestra muerte” y “Jesús, José y María, expire en paz con Vos el alma Mía”, estas fueron sus últimas palabras, después, apretando sobre su corazón la imagen del Crucificado y de la Dolorosa, cerró los ojos como para entregarse a un plácido sueño; pero la respiración se hacía cada vez más lenta y fatigosa.

            Se llamó a prisa a la comunidad. Todos los religiosos, unos dentro de la celda, y otros desde el corredor, rezaban entre sollozos. El P. Norberto le impartió por última vez la santa absolución. De pronto el rostro de Gabriel se iluminó con misteriosa luz, clavó sus ojos centellantes en un punto fijo de la pared e hizo un ademán como para ir tras alguien que le invitaba. Los que le rodeaban no veían a nadie, pero estaban convencidos que la Reina del Cielo venía para llevarse a su hijo predilecto. Después el cuerpo se desplomó sobre la cama. Eran las 6:30 a.m. del jueves 27 de febrero de 1862.

            El 31 de mayo de 1908 fue beatificado y el 13 de mayo de 1920 fue canonizado y en 1926 fue declarado copatrono de la Juventud Católica Italiana.

ORACIÓN A SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA

Oh Dios, que en tu admirable designio de amor llamaste a san Gabriel de la Dolorosa a vivir el misterio de la Cruz unido a María la Madre de Jesús; guíanos hacia tu Hijo Crucificado, para que, participando en su Pasión y Muerte alcancemos la gloria de la Resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor.

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